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TRASLADO DE LOS MONARCAS A SAN
SEBASTIÁN
Una de las cláusulas políticas que contemplaba la Paz de los Pirineos era el
casamiento de María Teresa de Austria con el rey de Francia, Luis XIV.
Felipe IV no deseaba este matrimonio de su hija como así lo manifiesta en una de
sus cartas a sor María de Ágreda, cuando le escribe:
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Mª Teresa con su hijo el Delfín |
“...al
fin de los tres días que nos vimos llegó el plazo de entregarles a mi hija con
harta ternura de todos y yo fui en el que menos se reconoció pero en el interior
bien lo padecí y bien tuve que ofrecer a Dios,
haciéndole sacrificio de tal prenda para alcanzar el bien de
la paz"
María Teresa de Austria nació en el Palacio de El Escorial el 10 de septiembre
de 1638 y murió en Versalles el día 30 de julio de 1683. Fue educada
esmeradamente desde su infancia. De bondadoso corazón, modesta y poco dada al
brillo mundano, era el prototipo perfecto de esposa y madre. Su matrimonio
con Luis XIV no fue muy afortunado. Enseguida se vio abandonada por su
esposo que, al principio parecía recatarse, pero después no se cuidaba de
ocultar sus escándalos amorosos, sobre todo con la sobrina del cardenal
Mazarino, María Manccini,
"la
Manccinette."
De su matrimonio con el Rey Sol tuvo seis hijos de los cuales sólo le sobrevivió
uno de ellos.
El interés del casamiento de la infanta española con el rey galo hacía albergar
a la monarquía de este país la esperanza de que, en un futuro próximo, los
descendientes de la pareja real pudieran reinar en España, como así fue.
Sin embargo, la hábil diplomacia francesa, ante la posible negativa de Felipe IV
a consentir este matrimonio, había preparado un golpe de efecto. En la
ciudad de Lyon concertaron un encuentro entre la princesa italiana Margarita de
Saboya y Luis XIV con el fin de presionar al monarca español. El rey
francés aceptó con indiferencia y se hizo acompañar por su adorada María
Manccini en su nutrido séquito. El pretendiente de la saboyana se
escapaba de vez en cuando por los alrededores de Lyon montado a caballo con la
bella sobrina del cardenal ante la indiferencia de Margarita de Saboya. La
noticia del encuentro prematrimonial con la princesa italiana fue utilizada en
Madrid para hacer saltar de cólera a Felipe IV. “Esto no puede ser y no
será”
,
dijo el monarca español.
El diplomático español don Antonio de Pimentel fue enviado como correo real
urgente a la ciudad francesa para ofrecer la mano de María Teresa de Austria al
rey francés. Este último aceptó sin entusiasmo pero como deber ineludible
la solución española aunque, de regreso a París, seguía adelante con sus
escarceos amorosos con la Manccini. Para cortar estas relaciones tuvieron
que intervenir su madre Ana de Austria y el propio cardenal Mazarino. Las
amenazas de ambos personajes dieron como resultado la ruptura de sus relaciones.
No obstante Luis XIV declaró que seguiría pensando en la bella muchacha italiana
que le había iniciado en el mundo del amor.
María Manccini fue confinada en el castillo de Brourage. La buena conducta
y su actitud obediente fueron recompensadas con el casamiento, que se celebró
dos años después, con el conde Tagliacoli, condestable del reino de Nápoles.
Mientras tanto la elaboración del tratado de paz iba avanzando hacia su
desenlace más importante: el casamiento español. El duque de Graumont fue
el portador de la solicitud oficial de la petición de mano de la infanta
española para el rey de Francia. Llevó un cortejo lucido y numeroso como
requería tal ocasión. Fue recibido en la corte con toda solemnidad y se fijaron
fecha y lugar par la celebración de tan magno acontecimiento. El complejo
protocolo de ambas monarquías exigía que se celebraran dos ceremonias de
casamiento: una, por poderes, en Fuenterrabía; la otra, con la presencia de los
novios, en San Juan de Luz. En la primera, efectuada el día 3 de junio de
1660, el celebrante fue don Diego de Tejada; el celebrante de la segunda,
efectuada el 9 de junio, fue Jean Dolce, obispo de Bayona.
Ultimados todos los preparativos, el monarca español partió de Madrid el día 15
de abril, acompañado por su hija María Teresa de Austria. La larguísima
expedición, con numerosos carruajes, escoltas y repuestos, alcanzaba una cola de
seis leguas. Su marcha era lenta y majestuosa, como correspondía a la
severa etiqueta y protocolo de la monarquía de los Austrias. El itinerario
no debió de ser muy cómodo por cuanto, en una de las numerosas cartas enviadas a
Sor María de Ágreda, el monarca le decía: “Por bien empleado di las
descomodidades del camino por el gusto que tuve cuando llegué a ver a mi
hermana. Halléla muy bien y harto entera y estuvimos muy contentos de
vernos tras cuarenta y cinco años de ausencia.”
Paralelamente Luis XIV salía de París con una comitiva no menos importante.
Se convino por ambas partes llegaran al unísono a la frontera del río Bidasoa.
Asimismo, se acordó hacer uso de los pabellones que meses atrás se habían
levantado para albergar a los firmantes del tratado de paz. Estos
pabellones se habían levantado a expensas comunes sobre la Isla de los Faisanes.
Estaban construidos en madera, con planta costosísima, de tal manera que cada
delegación pisase siempre su propio territorio y dentro de los límites de sus
respectivas provincias. Se comunicaban, españoles y franceses, por dos
puentes y las inmediaciones estaban custodiadas por dos compañías de soldados.
Para celebrar el primer casamiento, por poderes, nuestro obispo tuvo que
interrumpir la visita pastoral que por aquellas fechas estaba realizando.
Mediante carta, el monarca español le ordenó que asistiera como párroco a la
feliz boda. Con la celeridad requerida para tal ocasión dispuso su viaje
haciéndose acompañar por doce canónigos de su Catedral, cada uno con su
auxiliar. También le acompañaron veinticuatro presbíteros de la provincia de
Guipúzcoa, doce capellanes e igual número de lacayos. También le acompañaron
toda la capilla de músicos. Todos ellos iban vestidos con ropas costosas y
elegantes.
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