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© S. Alonso
PREPARATIVOS
PARA LA BODA DE LUIS XIV Y MARIA TERESA
El 15 de abril de 1660 partían de Madrid Felipe IV y María Teresa, con una
nutrida y abigarrada comitiva. Nobles, eclesiásticos, cuatro cirujanos, un
barbero, aposentadores, ujieres de cámara, vianda, frutería, cava y sausería,
palafreneros, sobrestantes de coches, correos, trompeteros, herradores, dueñas
de retrete y otros criados y soldados asistían a las reales personas. Y entre
ellos el pintor Diego Velázquez (quien fallecería a la vuelta meses después). La
Provincia había movilizado a diez mil hombres para el trayecto por el Camino
Real hasta Hernani y de ahí a San Sebastián. Escoltaron por tanto a rey e
infanta los diputados generales Pedro Ignacio de Idiáquez y Martín de Zarauz y Gamboa, caballeros de Alcántara y Calatrava respectivamente. El 12 de mayo se
detenían en el alto de Oriamendi y en el cerro de San Bartolomé para contemplar
la villa y el gentío, que esperaba en el tómbolo, entre otros Domingo Osoro
Landaverde, capitán general y un escuadrón de
mil quinientos donostiarras, vistosamente uniformados y dirigidos por Bernardo
de Aguirre, uno de los alcaldes de la villa. Juan Bautista Martínez del Mazo
reproduciría la escena Mientras se disparaban
salvas de artillería y mosquetería, Osoro recibió al monarca, a quien el alcalde
Francisco de Orendáin ofreció las llaves de la villa.
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Tapiz del casamiento del rey |
El soberano y su hija fueron hospedados en el palacio de los Idiáquez, que
disponía de magnífico oratorio, elegantes patios y jardines. El de los Oquendo y
el de los Echeverri, en la calle de la Trinidad, albergaron a otras
personalidades como el marqués del Carpio. Las casas aparecían engalanadas con
tapices y reposteros en los balcones. El día 13 visitaron el puerto, donde
disfrutaron de un espectáculo de ejercicios náuticos ejecutados por marineros y
grumetes. El 14 Felipe IV invitó a comer a personalidades francesas, encabezadas
por el mariscal Henri de La Tour d'Auvergne, vizconde de Turena, y por el
secretario de Estado Michel Le Tellier. Por la tarde acudieron las reales
personas a una fiesta en el puerto de Pasajes. Embarcadas en la Herrera, lo
recorrieron en una gabarra remolcada por dos chalupas de seis remeros cada una,
seguidos por otras y falúas. Algunas con las célebres bateleras, cantadas por
Lope de Vega e invitadas posteriormente por el rey para un festejo en el
estanque del Real Sitio del Buen Retiro en Madrid. Hubo música de clarines,
violines y otros instrumentos, cantos y disparos de saludo de artillería y
mosquetería, procedentes de siete fragatas y el galeón Roncesvalles.
Mientras, el palacio donostiarra de Mancisidor acogía a Diego de Tejada, obispo
de Pamplona, y a su séquito. Durante el 15 y el 16 se sucedieron las reales
audiencias. La mañana del 17 estuvo dedicada a oír misa en la iglesia del
convento de San Telmo, destacando su órgano. Transitaron monarca e infanta por
sus otras dependencias, especialmente la biblioteca, con su rica colección de
incunables y libros, muchos impresos en Flandes. Un festejo vespertino,
organizado por el concejo, les permitió observar toda clase de tipos, trajes,
escenas y bailes. El 18 regocijo en la marina, con una "pesquería", participando
barcos, lanchas y redes por la bahía. Siguieron jornadas con más fiestas y
recepciones. Incluso, según Loyarte, Ana de Austria, madre de Luis XIV, acudió a
San Sebastián, dándose un animado trasiego entre ésta y San Juan de Luz, donde
se hallaba asentada a la sazón la corte francesa. Entretanto hervía la
conferencia diplomática en Fuenterrabía.
La mañana del 27 de mayo tuvo lugar la fastuosa celebración del Corpus Christi,
presidida por Felipe IV, con la concurrencia de los más granado de la corte
española, dignatarios de la francesa y feligresía donostiarra. Por una calle
Mayor alfombrada de flores y flanqueada por soldados, el soberano, toisón de oro
al cuello, a caballo, se trasladó a la iglesia de Santa María. Penetró bajo
palio a los acordes del órgano, mientras repiqueteaban las campanas y
descargaban los cañones del castillo. Los asistentes ilustres llenaban, con sus
lujosas vestimentas, las tres naves. Los vecinos, con sus mejores galas,
ocupaban los huecos restantes, el claustro de Santa Marta y los aledaños del
templo. Iluminaban el interior del mismo arañas de cristal y de plata dorada,
doce grandes candelabros de plata repujada y profusión de candeleros. Ofició la
misa pontifical el obispo de Pamplona, hallándose presente el patriarca de las
Indias, arzobispo de Tiro y limosnero mayor Alfonso Pérez de Guzmán. Al
organista se sumaron cuatrocientos cantantes y numerosos instrumentos de cuerda.
Luego se desarrolló la solemne procesión eucarística. Aromas y colorido en las
calles (rosas, laureles, azahares, tomillos, nardos, juncias y hojas verdes).
Policromía de las colgaduras en balcones y ventanas (tapices -algunos flamencos
y otros orientales-, reposteros, paños con iconografía mariana o colchas de
encaje de bolillos). Salvas desde el castillo y los buques anclados en la
Concha; arcabucería desde el frente de Tierra y arenal; y campanadas
sacramentales desde todas las iglesias, incluida la de la Inmaculada Concepción
de Nuestra Señora.
Abrían atabaleros y trompeteros la comitiva, con hacheros a ambos lados. Detrás
los miembros de las cofradías donostiarras (San Eloy, San José, San Andrés, San
Francisco o la Vera Cruz); mayordomos y maceros; franciscanos, dominicos y
jesuitas con acólitos con incensarios; cruces procesionales de las parroquias;
caballeros de las órdenes militares; clérigos; nobleza titulada; consejeros
regios; ediles; un gran banda de música; la custodia llevada bajo palio por el
obispo pamplonés; Felipe IV; embajadores; alto clero; y personal palatino. María
Teresa vio desde el balcón principal del palacio de los Idiáquez el cortejo.
Este se allegó a la puerta de Tierra, donde se había erigido un altar. Después
de entonar salmos, bailar unos cien danzantes, soltar palomas blancas y lanzarse
pétalos de rosa, regresó por San Jerónimo y Trinidad a Santa María, donde se
cantó un Tedéum. Continuaron fiestas profanas en la plaza de Armas (Vieja) y
otras calles, alegradas principalmente con danzas vascas, hasta bien entrada la
noche. El 2 de junio monarca, infanta y séquito abandonaron San Sebastián,
navegando de la Herrera a Rentería, desde donde prosiguieron hasta Fuenterrabía.

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