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© S. Alonso
FUNDACIÓN DEL
CONVENTO DE LAS CARMELITAS
DESCALZAS
DE SAN SEBASTIÁN
Uno de los acontecimientos más importantes que tuvieron lugar durante el tiempo
que nuestro obispo llegó a vestir la mitra navarra fue la fundación del convento
de las Carmelitas
Descalzasde San Sebastián
(o de Santa Teresa). Este hecho, poco conocido en la biografía
de nuestro paisano fue debido al entusiasmo y tesón de don Diego de Tejada y su
amigo, el donostiarra Domingo de Hoa. A través de un intenso intercambio
epistolar ambos nos van detallando paso a paso la gestación y construcción del
convento carmelitano. Son cartas familiares, espontáneas e íntimas en las que
el obispo se muestra afectuoso y sencillo y en las que denota un gran respeto
por la legalidad canónica vigente.
El proyecto de fundación de un convento de carmelitas descalzas en San Sebastián
venía de mediados del siglo XVII. Don Juan de Amézqueta y doña Simona de la
Just tuvieron el propósito de fundar un convento de carmelitas descalzas pero
ambos fallecieron antes de llegar a ver cumplidos sus deseos. Don Juan Rat,
beneficiado de las parroquias de San Sebastián, fue el encargado de ejecutar el
testamento otorgado por doña Simona y, a la muerte de este clérigo ocurrida en
1659, queda como administradora su cuñada Isabel de Ojer.
Con el fin de llevar a cabo el mandato testamentario acudió doña Isabel al
obispo de Pamplona para tratar de la fundación, y rindió luego cumplidas cuentas
de la testamentaría al vicario general de don Diego, el doctor don Francisco
Ruiz de Palacios, quien las aprobó el día 4 de noviembre de 1660.
Isabel de Ojer había estado casada dos veces, teniendo de su primer matrimonio
una hija que entró religiosa en el convento de Santo Domingo del Antiguo, en San
Sebastián, y otras dos hijastras aportadas por su segundo marido que profesarían
más tarde en el convento carmelitano que ahora trataba de fundar. En 1660
estaba viuda y era señora de la parroquia de Santa María. En 1672, con 62 años
de edad, seguiría a sus hijas en su vocación y profesaría también en la orden
del Carmelo.
El 3 de noviembre de 1660, el vicario general de don Diego nombra a don Domingo
de Hoa administrador de los 30.000 ducados que quedaban para la fundación y el
22 de noviembre, estimando que el capital disponible era
insuficiente, el vicario
general ajustó unas capitulaciones con el consejo de la villa de San Sebastián.
Esta cedía, con todas sus pertenencias, la casa y basílica de Santa Ana,
extramuros de la ciudad, en la falda del monte Urgull y sería la única patrona.
Recibiría por una vez 2.500 ducados y tendría derecho de presentación de dos
plazas gratuitas de monjas de coro. Las religiosas vivirían sometidas a la
obediencia del obispo de Pamplona. Con este pago efectuado de la hacienda de
doña Simona “la villa se ve por enteramente pagada y satisfecha.”
Una vez formalizada la compra de la antigua basílica, comenzaron las gestiones
necesarias para su transformación en convento. Obtenida la licencia del rey el
3 de septiembre de 1661 don Diego habló con el maestro de obras y carmelita fray
Pedro de Santos Tomás que trazó los planos para adaptar el edificio a la vida de
una comunidad de religiosas.
“Venido el padre, vio que no se podía acomodar
habitación para 21 monjas, como deseaba el Ilmo. señor Obispo por ser este el
número de religiosas que marcan nuestras constituciones y sólo pudo preparar 18
celdas, aunque pronto compraron las madres las casas y huertas
adyacentes
para ampliar el
convento. En una huerta que donó don Miguel de Oquendo -que hoy es el patio
interior- se colocó el aljibe y, con otras donaciones y compras de huertas pudo
acomodarse una regular habitación.”
Las obras comenzaron el 17 de abril de 1661. Sin embargo un serio contratiempo
amenazaba la continuación de las mismas. En carta del 26 de abril de ese año,
el administrador Domingo de Hoa informa a don Diego de Tejada que el fraile
redactor del proyecto sufría “un corrimiento de pecho” y que se estaba tratando
con las inevitables sangrías. El médico de la villa era el licenciado Diego de
Martínez Verlanga y el cirujano Juan de Casares.
Don Domingo de Hoa como ya ha quedado dicho era el depositario y administrador
de nuestro obispo en la hacienda de doña Simona de la Just. Era don Domingo
algo entrado en años pues el prelado llega a llamarle cariñosamente en sus
cartas “vejete”. Gozaba de un gran prestigio y del respeto de los donostiarras
que le trataban de “señor Domingo de Hoa”.
En la transformación de la basílica en convento intervinieron muchos
donostiarras. Aparecen como boyerizos, acarreando tablones, arena y cal Ignacio
de Insauspe con su criado Thomas; Martín de Cegama con su criado Martín de Arano.
Como arriero sólo consta Francisco de Lubiaga. Eran los maestros canteros
Joanes de Ayerta, Simón Alonso de Ontanilla y otros. El trabajo de estos
maestros y oficiales fue examinado por Cristóbal de Zumarrista y por Simón de
Pedrosa. En su tarea de construcción contaron con la ayuda de los peones Machín
de Landa, Joanes de Eizaga, Miguel de Aizpurúa y algunos otros más.
Llama la atención que los maestros canteros o carpinteros no acudieran al
trabajo los días de corridas de toros y sí los peones con sus mujeres que les
ayudaban y les acarreaban el agua. La razón de esta discriminación a la
asistencia de las corridas puede fundamentarse en la diferencia salarial.
Mientras los oficiales cobraban sus relucientes cinco reales de plata por jornal
diario, los peones se conformaban con sólo tres y las operarias con dos, y estos
de vellón.
El vecino de Igueldo, Sebastián de Amesti, fue el encargado de traer las ocho
piedras losas para la sepultura del enterramiento en el nuevo convento, una de
las cuales se puede contemplar hoy, pues está en el lienzo de la pared de la
iglesia, junto a la puerta; cada una costó tres reales de plata.
Entretanto, don Diego iba buscando a las monjas fundadoras. En el monasterio de
Zumaya no había bastantes, y el de Pamplona no pudo suministrar ninguna porque
el general de la orden había prohibido facilitar monjas para las fundaciones que
no estuvieran sometidas a su obediencia. Por otra parte el general no quería
fundaciones donde no hubiera frailes de la misma religión. Del convento de San
Joaquín de Tarazona vinieron cuatro religiosas: tres de coro y una lega. Esta
religiosas fueron: Isabel Ana de la Encarnación, nacida en Tarazona en 1619.
Vino como priora y falleció en 1694. María de San Bernardo. Vino como subpriora
sin que se conserven datos de los particulares de su vida. María Magdalena de
Cristo, nacida en Tarazona en 1618. Vino como tornera y falleció en 1690. Y por
último, Esperanza de San Elías. Llegó como novicia de velo blanco y murió en
este convento en 1692 con 59 años.
Según el diario del convento carmelitano, de San José de Zumaya llegaron dos
religiosas: Ana María de la Purificación y Mariana de la Cruz. Dicho diario
relata,
“... y el 18 de julio vinieron de Zumaya las dos madres del convento de
San José, acompañadas de su vicario y capellán don Francisco de Orio y otros
señores. El señor obispo salió a recibirlas.” Otras cuatro religiosas, de velo
negro, y una novicia, “fueron llevadas, el 19 de julio, en procesión con toda
pompa y solemnidad, por las calles de esta ciudad, hasta el lugar donde se
estaba edificando el convento, asistiendo al acto su Señoría Ilustrísima.” La
madre Mariana no pudo acompañar a las demás religiosas en la procesión por
haberse indispuesto. A petición suya retornó el día 21 a su convento de
Zumaya para recobrar la salud, acompañada del señor vicario y capellán del
monasterio de Zumaya, don Francisco de Orio.
Nunca retornaría al convento.
El mismo día 19, después de la
procesión, don Diego celebró misa, dio la comunión a todas ellas y colocó el
Santísimo en el Tabernáculo.
El obispo de Pamplona deseaba que dos de las fundadoras hablara vascuence. De
ahí que hiciera llamar a las dos madres de Zumaya, Ana María y Mariana. Esta
última, como se ha visto, tuvo que retornar a su lugar de origen por problemas
de salud. Por lo tanto, de las dos religiosas que el prelado deseaba para su
convento con conocimiento de la lengua vasca, sólo quedó la madre Ana María,
precisamente la candidata del administrado Domingo de Hoa.
Esta religiosa había nacido en Zumaya en el año 1622 y fueron sus padres
Francisco Pérez de Ubillo y Catalina de Goyaga, “personas
muy distinguidas por su nobleza y muy amadas de aquel lugar por su gran caridad
con los pobres.”
Esta monja ayudó mucho en lo temporal con su habilidad y viveza, siendo el
descanso de las demás monjas. Murió de apoplejía en 1706, con 84 años de
edad.
A pesar de que se realizaron obras de ampliación y
adaptación a su nueva función, el edificio no reunía condiciones, por lo que fue
sustituido por el actual (1686), ampliando el solar por anexión de otros
colindantes.
La parte más antigua es la iglesia y el "cuarto alto", que data de finales del
siglo XVII. En el primer tercio del siglo XVIII fueron construidos un patio
triangular y un claustro cuadrado de dos alturas y muy reducidas dimensiones,
así como otras dependencias (Fray Pedro de Santo Tomás). Mediado el siglo XIX se
contruyó la fachada oriental del convento, la elevación de la torre y el
campanario. En la década de 1990 tiene lugar la cesión de todo el edificio al
Ayuntamiento, con excepción de la iglesia y del "cuarto alto" situado sobre
ella, que fue habilitado (José Ignacio Linazasoro y Luis Sesé) como nuevo
convento. La rehabilitación del resto del edificio tuvo lugar en los años
2003-2004.
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