EL CULTIVO DEL CHAMPIÑÓN EN GALILEA.    José Antonio Royo Fernández

Introducción

          El cultivo de champiñón nace en los alrededores de París, a finales del siglo XVIII. Según parece, el ejército napoleónico disponía de una bien pertrechada caballería.  El lavado casual de champiñones silvestres sobre la cama de las caballerías provocó la inoculación de micelio en un medio ideal para su crecimiento. La frecuencia del hecho y el ingenio de quien lo observó, permitió el cultivo forzado de ese hongo.

           Durante la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX, el cultivo de champiñón se fue generalizando en el país vecino aprovechando las cuevas dejadas por la extracción de piedra para la construcción de pueblos y ciudades.

 Antecedentes.

             La plaga de la filoxera que dañó gravemente los cultivos de vid en Francia llegó finalmente a nuestro país con sus efectos devastadores sobre sus viñedos.  Pero no todo fue negativo: el comercio y la comunicación entre las zonas vitícolas del sur de Francia y La Rioja se fortaleció.

             El champiñón se instala en La Rioja en los años cincuenta aprovechando la existencia de antiguos caños o bodegas que venía a simular el microclima existente en las cuevas galas; entonces, el único referente existente sobre técnicas e instalaciones de cultivo. Nuestros pioneros vieron en ese cultivo una posibilidad de complementar su renta familiar.

             Las primeras instalaciones llegan en la década de los años cincuenta del pasado siglo en las inmediaciones de Logroño capital.  A principio de los años sesenta se generaliza la construcción de explotaciones específicas para el cultivo, sobre todo en Pradejón.  Se trata de salas de hormigón con bóveda de medio punto como cubierta.  Estas construcciones son típicas y exclusivas de nuestra región y obedecen a un intento por trasladar la estructura conocida de la antigua bodega a un plano más “industrial” y aséptico.

  Galilea

            En 1972, dos paisanos de Galilea, Honorio Royo y Víctor Fernández, deciden acometer la construcción de una champiñonera en el paraje de “Las Eras”, una zona apropiada por su orografía y su orientación.  Este hecho ha sido determinante en la historia de Galilea, como luego veremos.

             La obra, como era habitual en aquellos tiempos, se forjó mediante la suma de ilusión y un esfuerzo ingente.  La excavación principal se hizo con medios mecánicos y aun dio tiempo en el verano de aquel año para disputar un partido de fútbol de solteros contra casados en la espectacular explanada que se había creado tras la excavación. No se sabe si el balón botaba correctamente ni quien ganó el partido…

             Al final del verano las retroexcavadoras abrieron los cimientos del edificio. Después de vaciar varias veces el agua acumulada en la cimentación, fruto de un otoño lluvioso, comenzó la llegada de hormigón en cisternas desde la planta correspondiente.

             Aproximadamente 2.000 metros cúbicos de hormigón dieron forma a una champiñonera de gran tamaño para aquellos tiempos.  Constaba de 12 caños de estructura de hormigón armado con bóveda de arco de medio punto.  Sobre ellas, tres metros de tierra aseguraban un estupendo aislamiento para el exigente cultivo.  En total 2.000 metros cuadrados de cultivo además de una amplia zona de servicio y un gran patio donde se fabrica el compost. La obra costó dos millones de pesetas, de los de entonces.  La mano de obra que intervino en la construcción fue exclusivamente de la localidad.

             En aquellos años no sólo la construcción tenía un fuerte componente manual, el propio cultivo resultaba ser enteramente manual y autárquico ya que incluso el compost había que fabricarlo “in situ”. Hasta llegó a haber cría de caballos en Galilea para conseguir la cama o estiércol necesario.

             Para febrero de 1973 se había obtenido el primer compost y en la primavera llegaron los primeros champiñones. Recogido y envasado en bolsas de un kilo, su destino era el mercado fresco, principalmente en Bilbao donde existía una demanda consolidada.

             En unos pocos años, la existencia de un número suficiente de cultivadores en la zona, permite el impulso de un movimiento asociativo que da lugar a la primera reconversión: se abandona la preparación del compost en los patios de las propias champiñoneras y se crean las plantas o centrales de compostaje que bajo la figura de Sociedades Agrarias de Transformación, abastecen a sus socios de un compost de mayor calidad y productividad.

             Así, en 1977 los champiñoneros de Galilea, Corera, El Redal y Ausejo crean la planta de compost de Ausejo, abandonando la fabricación de compost en los patios de las explotaciones.  Este paso supuso un gran avance en la calidad del compost y por tanto en la productividad.

             Si algo demostró esta generación de cooperativistas era su gran capacidad de trabajo y progreso.  Casi recién comenzada la actividad en la Planta de compost, en 1978 comienza la construcción de la fábrica de conservas.  Con ella se cerró todo un ciclo productivo: compost, cultivo y transformación-comercialización. La consolidación de este modelo tenía un nombre: UNICHAMP y recibió varios premios por lo ejemplar de la idea y su ejecución.

             Desde entonces este sector ha ocupado a muchos trabajadores de Galilea, Valle de Ocón y Ausejo.  Las propias champiñoneras emplean a 12 trabajadores directamente.  En las instalaciones de la Planta de compostaje y la Fábrica de conservas trabajan 160 personas. De ellas, una media de 15 trabajadores de Galilea han venido desarrollando su actividad en estas instalaciones.

             Hasta el momento se han producido unos 15.000.000 de kilos de champiñón en nuestro pueblo.  Los consumidores de esta producción están repartidos por los cinco continentes: Un pequeño (o gran) hito… muchas veces desconocido.